|

MURAL MEMORIAS DEL PERIODISMO
Legado de la IX Cumbre / homenaje a Nava
|
Por ELVIA ANDRADE BARAJAS
--- 1ª. Parte ---
CIUDAD DE MEXICO, Estados Unidos Mexicanos, México, 20 de mayo de 2026.- El bullicio del Barrio Chino y el sonido de un violín se mezclaban en el ambiente del restaurante King Kong, mientras compartía una comida deliciosa con los pintores Erika y Víctor, del Jardín del Arte de Ciudad de México, y la aprendiz Paloma Stella. Todo transcurría con normalidad, entre risas y anécdotas, cuando de pronto Jeshua bajó la cabeza. Sin motivo aparente, comenzó a llorar. Intentaba contener las lágrimas apretando las manos contra el pecho.
Extrañados, todos preguntamos qué le ocurría.
—No sé… siento una tristeza muy grande, pero no sé por qué —respondió, mientras el llanto le corría por el rostro.
Suspiré hondo. Me recargué en el respaldo de la silla. Tenía una idea muy clara de lo que estaba pasando.
—Yo sí sé lo que te pasa —le dije con suavidad—. Hoy comenzaste a dibujar a José Manuel Nava Sánchez, el último director de la Cooperativa Mexicana de Excélsior.
Y le conté:
Nava fue asesinado en su bello departamento de Varsovia, en la Zona Rosa, el 16 de noviembre de 2006, ocho días después de presentar su libro El Asalto Final, donde denunció las dudosas condiciones en que se efectuó la compra de Excélsior por parte del ya fallecido empresario español Olegario Vázquez Raña, con la complicidad del gobierno de Vicente Fox Quesada.
Hasta hoy su muerte sigue impune, como más del 85% de los asesinatos de periodistas en el mundo.
En el Mural Memorias del Periodismo, que se pintó como un legado de la IX Cumbre en Ciudad de México en el restaurante del Hotel San Francisco Centro Histórico, él representa a todos aquellos cuya vida se archiva en números, en estadísticas frías que no cuentan su historia.
Al escucharme, Jeshua Emmanuel Ortiz Zamudio —apenas 25 años, periodista titulado, pero viviendo de la pintura— levantó ligeramente la mirada y asintió. Con voz casi apagada murmuró:
—Sí… quizá es eso. Duele mucho. Quizá le estamos dando vida, y al hacerlo inevitablemente recordamos su trágica muerte.
Nava, además de ser mi director en Excélsior, era mi entrañable amigo desde la juventud, igual que de Mónica Martín. Decía que nosotras éramos sus ángeles guardianes, pero no pudimos hacer nada para evitar la tragedia, pese a que había señales claras de que estaba en peligro.
En lo personal, me daba vergüenza alertarlo. Recién había regresado de Washington, donde era corresponsal, y todos lo veíamos como el más brillante, el más inteligente, el mejor. Temía que mis advertencias parecieran exageradas o ignorantes.
Siempre me decía que debía dormir con la línea telefónica disponible, “porque un editor debe estar alerta para todo”. En ese tiempo yo era editora de la Sección Metropolitana de Excélsior bajo su dirección, y era imperdonable no contestar al primer timbrazo. Él hacía lo mismo: contestaba de inmediato. Aseguraba que, si algún día no lo hacía, sería porque algo grave había ocurrido.
Ese día llegó muy rápido.
A las siete de la mañana del 16 de noviembre contesté al segundo timbrazo. Era uno de los exjefes de Excélsior, y en seco me dijo:
—Mataron a Nava en su departamento. Está en todos los noticieros. No los veas. Quieren hacerlo pasar por un crimen pasional para que no lo relacionen con El Asalto Final.
Ese mismo día desaparecieron los ejemplares del libro. A mí me regaló uno con la dedicatoria:
Para una mujer excepcional, de enorme valor para enfrentar la justicia y el poder. Con admiración.
José Manuel Nava
06-11-06

Tras su muerte, muchos periodistas nacionales y extranjeros me han buscado para preguntarme qué pasó, de quién sospechamos. Y claro que no lo sabemos: estábamos dormidos, lejos. Pero lo que sí sabemos es que no fue un crimen pasional. Intentaron manchar su honor hasta el último día.
Mónica y yo nos sentíamos profundamente frustradas. Decíamos, con dolor, que como “ángeles” habíamos sido un fracaso.
Desde su departamento en Varsovia, con enormes ventanales de cristal, se veía el Ángel de la Independencia. Y en la entrada del edificio lucía un imponente San Miguel Arcángel, semidesnudo, en un cuadro de hoja de oro.
Nava estaba entre ángeles al momento de morir.
Por eso, el primer trazo del Mural Memorias del Periodismo fue el del Ángel de la Independencia: el ángel alado, el de la Victoria, pero con la intención de llevar protección divina a todos los periodistas que a diario exponen su vida.
Con ese deseo, un gran Ángel coronó y protegió la IX Cumbre Internacional de Periodismo CONAPE Ciudad de México 2026, su logo y las credenciales entregadas a ponentes y asistentes.
No era solo un logo: era una intención de protección.
Deseamos que el periodismo y los periodistas sean bendecidos, protegidos y que siempre salgan victoriosos de sus trabajos.
Ciertamente, es indispensable que se profesionalicen y se apeguen únicamente a la verdad. Y, como bien dijo la directora de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, Anlletzin Díaz Alcalá, no deben contaminarse con el poder de los poderosos que entrevistan: deben conservar la humildad y los pies en la tierra.
Nava está en lo más alto del Mural Memorias del Periodismo, en honor a su extraordinaria e impecable trayectoria periodística. Su figura no está ahí por nostalgia, sino por justicia: porque su vida profesional fue luminosa, valiente y profundamente ética.
Fue discípulo de Julio Scherer García, quien salió de Excélsior tras el golpe de Estado al periódico que entonces era considerado uno de los diez mejores del mundo. Scherer fue quien envió a Nava a Washington, luego de que éste entró a su oficina y, con una mezcla de audacia y humildad, le pidió que lo pusiera a prueba… pero en el extranjero.
Scherer se rió y le advirtió: “Si lo haces mal, te regreso”.
Nava no solo no falló: permaneció más de veinte años cubriendo la Casa Blanca. Y fueron los propios directivos de la otrora cooperativa quienes le pidieron regresar en 2004.
Durante su estancia en Estados Unidos escribió El Vórtex del Mal, un libro que golpea al gobierno estadounidense —en particular a la administración de George W. Bush— por el atentado a las Torres Gemelas. En esa obra, Nava hace una radiografía implacable, buscando al verdadero responsable del ataque y dirigiendo la mirada hacia el poder.
Un día que lo entrevisté sobre su vida periodística, me dijo:
—No sé cómo no me mataron en Washington.
Y riendo añadió:
—Es que tenía que venir a México.
Lo que ninguno sabíamos es que aquí sí lo harían.
eab_elya@yahoo.com.mx
reportajesmetropolitanos.com.mx
|
|